Reseña y apunte histórico
El
Atlético Club de Socios es un equipo
basado en el sentimiento rojiblanco, que es propiedad de sus socios y que funciona de
forma absolutamente democrática.
Su
nacimiento es consecuencia de la creciente alienación de los aficionados
atléticos con respecto al Club Atlético de Madrid SAD. Esto es producto del
rampante mercantilismo que aleja a los clubes de fútbol de sus comunidades de
origen, sobre todo tras su conversión en sociedades anónimas en 1992, que
transformó a los aficionados, de socios y ciudadanos atléticos, a meros
clientes.
No
es un caso exclusivo del Atlético de Madrid, ya que los clubes han ido a lo
largo de los años alejándose paulatinamente de sus aficiones, que fueron las
que los fundaron y las que los financian. Es un sentimiento generalizado que
las aficiones cada vez se encuentran más alienadas, de esas mismas entidades
que antaño les representaban. Sin embargo, en el caso del Atlético de Madrid,
este sentimiento se ve agravado por las especiales circunstancias, judiciales y
deportivas, de sus últimos años y por culpa de la familia que desde 1992
detenta la mayoría accionarial del club.
Así
en 2007, varios cientos de aficionados colchoneros, que sentían que el club de
sus amores se alejaba de ellos, fundaron un club que encarna lo que siempre ha
sido el Atleti, un club de sus socios, en el que los aficionados pueden decidir
sobre su futuro, en el que sus socios son la sangre del club y como tal los que
rigen la entidad. Es por lo tanto el Atlético
Club de Socios una comunidad de seguidores que sostienen económica y
moralmente al club y por lo tanto deciden sobre su futuro
La
filosofía del Atlético Club de Socios
se basa en los tradicionales valores rojiblancos de esfuerzo, espíritu de
superación, solidaridad, juego en equipo, integración, igualdad de
oportunidades, interclasismo, lucha contra el poderoso y unión entre afición y
equipos. Por esta razón el club tiene muy presente que ha de ser participativo,
y debe conformarse como un agente social positivo, de atribución de poder a la
comunidad de aficionados y servir de
entidad vertebradora de la sociedad, capaz de representar y transmitir
valores tanto hacía sus integrantes como hacia la sociedad en su conjunto.
En
la actualidad el Atlético Club de Socios
cuenta con secciones de fútbol, fútbol 7, rugby, rugby femenino y con una modesta escuela de rugby. En total
pertenecen a la disciplina del club más de 100 jugadores federados en las
distintas disciplinas. Además es vocación irrenunciable del club el crecer en
número de secciones y de equipos de cantera en las secciones existentes.
El
Atlético Club de Socios no cuenta
todavía con un campo propio donde disputar sus partidos aunque está trabajando
para poder contar con uno. El equipo de fútbol juega como local en los Campos
Ernesto Cotorruelo situados en la Vía Lusitana muy cerca de la Plaza Elíptica y
propiedad de la Federación Madrileña de Fútbol mientras que la sección de rugby
juega en las instalaciones de la Federación Madrileña de Rugby en Orcasitas en
Rafaela Ibarra, muy cerca de donde juega la sección de fútbol.
Siguiendo
una senda de crecimiento, el Atlético
Club de Socios será tan fuerte como socios tenga, por eso hace un
llamamiento a los aficionados rojiblancos que creen que el fútbol y el deporte
en general, deben ser algo diferente a ese espectáculo hipermercantilizado que
nos presentan en televisión, con estrellas totalmente alejadas de la realidad
de lo que debería ser el deporte, con gente enriqueciéndose gracias a la pasión
de las aficiones a las que se considera borregos y a las que se explota
económicamente y criminaliza por sentir pasión por sus equipos. Si crees que
los valores del deporte son otros y que los aficionados somos el corazón y la
sangre de nuestro club, entonces el Atlético
Club de Socios es tu club.
Para
hacerse socio lo mejor es pasar por la sección de Socios de esta web, sólo
pagamos 40 euros anuales los adultos, 10 los jóvenes de 14 a 18 años y es
gratuito para los socios menores de 14. Estas cuotas te dan derecho a ser
propietario democrático de tu club, ya que como reza el lema del club “Nuestro
club, nuestras reglas”. Y sobre todo incidir en la máxima democrática: “Un
Socio, un voto”. Algo que en el fútbol de hoy en día se ha olvidado.
Tienes que tomar tus decisiones, puedes formar parte de este proyecto en el que
tus deseos se pueden hacer realidad. Solo tienes que soñar. Te esperamos.
Algo
de información del Club, para tus necesidades:
·
Página
Web:
www.atleticoclubdesocios.es
·
Mails:
o
Para cualquier asunto: contacto@atleticoclubdesocios.es
o
Para prensa y comunicación: comunicaciones@atleticocludesocios.es
o
Para la tienda: sac@atleticoclubdesocios.es
·
Teléfono
de atención al Socio: 697
321 545
·
Equipos:
o
Club 4687. Fútbol 11 FFM 2ª Regional Grupo
1: Atlético Club de Socios
o
Club 4687. Fútbol 7 FFM: Atlético Club de
Socios “B”
o
Rugby
Masculino FRM 2ª Territorial: Rugby Atleti ACDS.
o
Rugby
Femenino FRM: Rugby Atleti ACDS Féminas.
o
Escuela de Rugby: Linces y Jabatos.
·
Campos
de juego:
o
Fútbol: Ernesto Cotorruelo. Vía Lusitana
s/n.
o
Rugby: Pol. Orcasitas. c/ Parque de la
Paloma s/n.
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"Como
soy un poco despistado hoy me acordé que ya son cuatro años de la firma
del Acta Fundacional del Club, en el "The Quiet Man" de la Calle
Valverde. Participamos seis firmantes: Rafael Calvo, Cristian Sancho, Gonzalo
Samper, Israel Perez, Daniel Partida
y servidor. Como testigo de cargo actuó el Sr.Fuentes que pasaba por
alli, con gafas claro. Firmamos con toda la ilusion del mundo y 30
euros de fondillo per capita la fundacion de un Club de Socios del
Atleti, un 5 de Octubre de 2007.
Entonces se empezó llamando
Athletic Club de Madrid, nombre votado por los socios fundadores, unos 140, que
abonamos 10 euros de inicio. Por problemas varios con el nombre, que
fue denunciado por la S.A.D, antes conocida como Club Atletico de Madrid,
y tambien algunos de orden interno en la Directiva, se tuvo que cambiar.
Se voto en Asamblea de
23 socios presenciales a finales de Enero 2008 en la Calle Toledo, en un
local frente al ZAK, (otro sitio donde se fraguó el club, en alguna
reunion previa sept 2007, y nos conocimos por primera vez algunos de los
que estamos ahora en la Directiva). Se tuvo que hacer un nuevo Acta de
Constitución de Club Deportivo Elemental, también un 5 de Febrero de
2008, ahora como Atlético 2007, firmada esta vez por Rafael Calvo,
Rafael Sierra, Jose Antonio Bonmati y Ricardo C.Saiz.
El
nombre definitivo del Club se vota ya por Asamblea virtual internáutica
y se registra el 12 de Junio de 2008. El nombre elegido fué, Atlético Club de Socios."
PacoParaca Socio fundador nº 20.
Presidente.
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A continuación, un relato de Carlos Fuentes:
El
23 de Septiembre de 2017, el Dr Anófeles de Brito Ocampo, natural de
Baurú, estado de São Paulo, Brasil, daba los últimos toques a la mesa
en la que habría de ofrecer un banquete a sus familiares y allegados.
Celebraba su retorno definitivo a su ciudad natal y su completa
recuperación después de un transplante de hígado. Brasileño de
nacimiento, tenía la nacionalidad española gracias a su madre, una
gallega de ojos tristes pero risa contagiosa. Una vez hubo acabado sus
estudios de medicina emigró al país materno a ejercer su profesión.
Trabajó
muchos años en el Hospital Gregorio Marañón, en la calle Doctor
Esquerdo esquina Ibiza, cerca del Retiro. Lo hizo como especialista en
la Unidad de Trastornos del Sueño; durante años concentró sus esfuerzos
en dar una dimensión científica al acto de contar ovejas. Tras casi 20
años en el hospital, le diagnosticaron una insuficiencia hepática
irreversible que obligaba a los médicos a hacerle un transplante. Tras
mucho esperar, el día 21 de Septiembre de 2010 apareció un donante con
un órgano compatible y tras varias horas de quirófano y varias
transfusiones, el Doctor Anófeles de Brito Ocampo inició una nueva
vida. Más nueva de lo que él pensaba. Como suelen decir todos los
beneficiarios de un transplante, el Dr Anófeles de Brito Ocampo volvió
a nacer.
En
su caso, más que otros, si cabe. Desde que vivía con un hígado y una
sangre nueva se notaba distinto, reparaba en cosas en las que antes no
caía, veía virtudes donde antes veía defectos, despreciaba lo fácil,
admiraba a quien no se resistía a seguir la corriente. “Será el
transplante”, pensaba el Dr Anófeles de Brito Ocampo. Equipado con su
nuevo hígado, flamantes plaquetas y recién estrenados glóbulos rojos y
blancos, decidió volver a su casa, con su familia, tras años y años en
España. Lo hizo unos años después del transplante, un día de 2016,
cuando se encontraba ya en plena forma – o al menos para lo que la
expresión “plena forma” significa para un hombre de mediana edad con un
hígado ajeno y tres litros de sangre prestada.
El
día que nos ocupa, el Dr Anófeles de Brito Ocampo preparaba un asado
para reunir a su familia y festejar su vuelta y su mejoría, ambas
definitivas. Vendrían sus hermanos, sus hijos, sus sobrinos, sus nietos
y algunos amigos. Celebraba su nueva salud, también su nueva forma de
ver las cosas. Los familiares y amigos del Dr Anófeles de Brito Ocampo
acudieron puntuales a la invitación. Llevaron regalos, postres, vino y
flores. Se sorprendieron al ver que el Dr Anófeles de Brito Ocampo
había pintado la valla de la vieja casa de sus padres de rayas rojas y
blancas. Se sorprendieron aún más cuando el Dr Anófeles de Brito Ocampo
inquirió con insistencia y entusiasmo a sus hermanos, los gemelos
Sócrates y Sófocles, sobre la suerte de su primo lejano Ricardo, ex
futbolista que había jugado en el equipo local y en Europa. Hasta ese
día, el Dr Anófeles de Brito Ocampo no había mostrado interés alguno
por el fútbol.
El día 25 de Septiembre de 2016 Ana Quiteria
Narváez Escudero acudió a la cita que le había propuesto el director
del colegio de sus hijos, los gemelos Pablo y Mario Caminero Narváez,
de cinco años y tres días de edad. Era una visita rutinaria, cumpliendo
con el turno que a todos los padres asignaba el colegio para hablar de
los alumnos recién llegados. Los gemelos acababan de volver a las
clases hacía poco más de dos semanas y aún así el director quería
verles. Algo le resultaba raro. Ana Quiteria Narváez Escudero dio a luz
a los gemelos Pablo y Mario Caminero Narváez el día 22 de Septiembre de
2010 en la Maternidad de la calle O’Donnell, cerca del Retiro. Al ser
gemelos y nacer sin cesárea, el parto despertó el interés de varios
médicos, que se arremolinaron en torno a la madre en el momento del
parto.
Ana
Quiteria Narváez Escudero miraba los rostros de la docena de
especialistas que, sin ningún pudor y sin pedir permiso, clavaban sus
ojos en su zona más íntima durante el momento más íntimo de su vida.
Nerviosa, Ana Quiteria Narváez Escudero empezó a sentirse mal, a perder
la conciencia, a marearse. Una complicación del parto unida a la
ansiedad de la madre derivó en una complicación aún mayor. El parto fue
aparatoso y muchos de los médicos que acudieron a ver el inusual
acontecimiento terminaron por ayudar al doctor que lideraba la
operación. Ana Quiteria Narváez Escudero dio finalmente a luz a dos
niños robustos y pelones que gritaban con fuerza mientras a su madre le
abandonaba el sentido, pero antes fue necesaria una copiosa transfusión
de sangre que insuflara vigor a los que venían al mundo. La madre quedó
exhausta y fueron necesarios varios días de reposo hasta que Ana
Quiteria Narváez Escudero pudiera sujetar por sí misma a los niños cuyo
futuro se discutía ahora en el despacho del director del colegio. Al
entrar en el despacho del director, Ana Quiteria Narváez Escudero
estaba algo más calmada. Algo en el gesto del director le decía que las
cosas no iban mal, pero sabía que algo preocupante, o al menos
sorprendente, le iban a decir.
Así
fue. El director tenía algo que decirle, ni malo ni bueno, sólo algo
que decirle. Desde su entrada en el colegio, los gemelos Pablo y Mario
Caminero Narváez se mostraron distintos a los demás niños. No hacían lo
que todos, no les gustaba lo que a todos. No eran conflictivos pero sí
distintos: no les gustaba ir por donde iba el resto, no querían las
mismas cosas, su personalidad era poco común. No se llevaban mal con
los demás pero tampoco se llevaban todo lo bien que cabría esperar. Los
profesores tenían la curiosa impresión de que esos niños tan pequeños
con esas personalidades tan definidas sentían que el resto de niños no
les comprendían. Más aún, era evidente que eso no les importaba lo más
mínimo. Al final del curso anterior, primero de pre-escolar según el
nuevo plan adoptado por el flamante gobierno del partido Ciudadanos
Hartos Aunque Tranquilos, ya habían advertido una aceleración en la
definición de su curiosa personalidad. Habían decidido esperar a la
vuelta del verano para ver si habían vuelto a la normalidad. No era
así. Sus peculiares rasgos se habían acentuado. En clase hacían
preguntas pertinentes en el fondo pero impertinentes en la forma y el
momento, que incomodaban a los profesores en un grado insólito para
niños de esa edad.
Reflexionaban
sobre lo que les explicaban en términos poco comunes para las
preocupaciones del resto de niños de su clase: lo justo y lo injusto,
lo digno y lo indigno, lo noble, lo mezquino, lo admirable, lo triste,
lo merecido y lo injustamente regalado, el porqué lo fácil no siempre
es preferible a lo difícil. Ana Quiteria Narváez Escudero escuchó
atentamente al director. Cuando éste hubo acabado, le preguntó si
aquello era un problema. El director dijo que no, pero que al ser tan
inusual querían comentarlo a los padres, al menos para advertirles. Le
preguntó si éste era un rasgo común en su familia o en la del padre de
los niños. Ana Quiteria Narváez Escudero respondió: - En absoluto.
Tanto su padre como yo tenemos una personalidad totalmente distinta a
la de los niños, a quienes, por otro lado, conocemos perfectamente. Y
además nos gusta mucho cómo son. Adiós. Ana Quiteria Narváez Escudero
se despidió amablemente del director y se fue a buscar a sus gemelos.
Cuando los encontró estaban pintando letras rojas en un gran trozo de
tela blanca.
El 21 de Septiembre de 2012, Adelardo Molina
Torres salió por primera vez en meses a dar un paseo. Dos años antes,
por esas mismas fechas, había sufrido un accidente ridículo que cambió
su vida. Aquel día, justo cuando pasaba por debajo del Teatro Alcalá,
en la calle Alcalá esquina Jorge Juan, cerca del Retiro, un operario
sufrió un descuido. El operario trabajaba junto con otros compañeros
instalando el cartel anunciador de la sexta secuela de la saga musical
que contaba las tribulaciones del grupo Mecano. Mientras intentaba
ajustar parte de la cartelería, hecha en madera y plástico rígido, algo
le hizo desviar su atención y la cincha que sujetaba resbaló de sus
manos. Cuando le preguntó la policía, el operario argumentó que se
descuidó por estar inmerso en diferentes pensamientos abstractos.
Cuando la cincha resbaló, las tres últimas letras del letrero principal
y una de las figuras del cartel cayeron al suelo desde una altura de
ocho metros.
Cuando
los bomberos consiguieron retirar lo que había caído, repararon en el
cuerpo inconsciente de Adelardo Molina Torres. Por un cúmulo de
circunstancias, éste se hallaba justo debajo del voladizo del teatro
hablando por su dispositivo audiovisual portátil cuando se vió
sepultado simultáneamente por la enorme figura de un teclista que
tocaba dos sintetizadores a la vez, uno con cada mano, y las letras A,
N y O, todas ellas mayúsculas. Trasladado de urgencia a la vecina
clínica de El Rosario, en la calle Príncipe de Vergara, cerca del
Retiro, los médicos diagnosticaron varias contusiones, dos fracturas en
cada pierna y varios cortes profundos en brazos y espalda. Nada más. Un
milagro. Aunque no practicaba ni le gustaba ningún deporte, Adelardo
Molina Torres tenía una masa muscular notable que preservó sus órganos
vitales. El único contratiempo serio, causado por el tiempo que pasó
bajo las letras y el peso de las mismas, fue que Adelardo Molina Torres
perdió mucha sangre. Fueron necesarias varias transfusiones para que
recuperara el tono vital. Reducidas las fracturas, anduvo en silla de
ruedas y posteriormente con muletas durante muchos meses. Después de
muchas horas de rehabilitación, podía por fin andar tranquilamente, sin
ayuda. Andaba por fin sólo y sin ayuda por el bulevar de la calle Sáinz
de Baranda, cerca del Retiro, cuando reparó en que se sentía distinto.
Tenía ganas de hacer cosas que nunca antes le habían interesado. Se
movía por impulsos, giraba por calles que nunca hasta ahora le habían
llamado la atención. Se notaba diferente, y eso le asustaba y le
gustaba a partes iguales.
Paró
en el antiguo bar Domínguez, en la esquina con la calle Narváez. El bar
acababa de recuperar su nombre y aspecto tradicional después de haber
sido convertido por unos nuevos dueños en lo que llamaron un “espacio
eno-gastronómico”. El nuevo negocio había quebrado, no había resistido
los nueve años de obras que el Ayuntamiento había tenido a bien
mantener en su misma puerta. Ahora, el negocio había vuelto a manos de
los hijos gemelos del primer propietario, quienes habían recuperado el
antiguo cartel rojo, la antigua barra y el antiguo sabor a bar antiguo.
Sin saber muy bien por qué, Adelardo Molina Torres entró en el bar
Domínguez. Se sentía bien, muy bien. Pidió un café con leche, e
insistió en que ni la leche fuera desnatada ni el azúcar fuera
sucedáneo. Se tomó el café y le supo mejor que nunca. Pidió otro e hizo
lo propio. Al ir a pagar, una idea le asaltó la mente como un rayo.
-
Cóbreme los dos cafés. Bueno, no, cóbreme tres. Con el dinero del
tercero invite usted al próximo cliente que entre, siempre y cuando
tenga cara de que no le van bien las cosas.
El
camarero puso cara de sorpresa. No de extrañeza, sino de sorpresa.
Antes de que pudiera decir nada, Adelardo Molina Torres explicó su
repentina e impulsiva decisión.
-
Es que me encuentro bien. Quiero pasarle algo de mi bienestar al
siguiente que entre. Quiero compartir el buen momento que vivo. Si
entra alguien con mala cara y le invita usted a un café le dará una
alegría y yo me alegraré por ello.
El
camarero no salía de su asombro. Dudó si decir algo. No conocía a aquel
cliente que le pedía algo que le resultaba familiar. Cogió los 14 euros
justos que el cliente dejaba sobre el mostrador y no pudo resistir la
tentación de preguntar, inclinando su cuerpo sobre la barra.
-
Oiga, ¿usted es del Atleti? Adelardo Molina Torres se asombró con la
pregunta. Nunca había sido de ningún equipo. Nunca había tenido ningún
interés por ningún deporte, mucho menos por el fútbol. Nunca había dado
pie a una pregunta similar, sencillamente se notaba que no era el tipo
de persona a quien el fútbol pudiera interesarle.
- En absoluto, ¿por qué lo dice?
- ¿Por qué ha hecho eso?
- ¿El qué?
- ¿Por qué ha invitado a un café a un desconocido?
- No lo sé, creí que era una buena idea….
- ¿De dónde ha sacado esa idea?
Adelardo Molina Torres empezaba a irritarse…
- ¿Y a usted qué coño le importa? No sé, se me ha ocurrido, así, no sé…
El camarero se dio cuenta de que estaba patinando. Decidió explicarlo.
-
Verá. Tiene que disculparme por mi curiosidad, he sido un indiscreto.
Pero es que su petición es del todo inusual, pero no es nueva en este
bar. Durante años, un familiar nuestro, de Segovia, solía hacer lo
mismo cuando venía al bar. Invitaba a un café a un desconocido, al
próximo que llegara a la barra, para así transmitirle buena suerte, o
alegría, o compartir la suya. Lo mismo que ha hecho usted hoy. Nunca
nadie lo había repetido, por eso me he quedado tan asombrado. Nuestro
familiar, como nosotros, era del Atleti y lo hacía cuando ganaba el
Atleti. Así, decía, dejaba claro que los del Atleti éramos distintos.
Adelardo
Molina Torres estaba turbado. Nunca había oído algo así, pero en cierto
modo le resultaba familiar lo que escuchaba. No sabía bien qué decir.
El camarero siguió:
-
Eso fue, claro, antes de que el Atleti desapareciera. Ahora ya nadie lo
hace… bueno, o sí, a lo mejor vuelve a hacerlo pronto si es verdad lo
que dicen por ahí. A lo mejor está más contento ahora y vuelve a
invitar a cafés.
El
camarero se giró y guardó los catorce euros. Sacó los cincuenta
céntimos de la vuelta de la caja y los puso sobre un platito. Cuando se
giró, el cliente se había ido. Echó la moneda al bote y lavó un vaso.
Al salir de nuevo al bulevar, Adelardo Molina Torres seguía turbado.
Pero ya no era por el acontecimiento asombroso que acababa de vivir.
Era otra cosa. De forma súbita, imparable y arrolladora, nacía en él un
inesperado interés por el balonmano.
El día 20 de Septiembre
de 2010, domingo soleado de cielo azul de Madrid, empezaba la liga
municipal de fútbol aficionado. Como todos los años, equipos de
treintañeros fondones, viejas glorias futbolísticas y jóvenes
impetuosos iniciaban una liga destinada a mantener a los jugadores en
forma, a alejarles de sus mujeres durante un rato, a juntar a los
amigos, a dar una excusa para tomar cañas luego sin sentimiento de
culpa, a aliviar resacas. Como todos los años, plantillas con
equipaciones de oferta de las tiendas del barrio coincidían en el campo
de fútbol de la Chopera, en el corazón del Retiro. No obstante, ese año
algo había cambiado.
Entre
las sonrisas generalizadas, un equipo no sonreía. Los jugadores tenían
las caras serias de los que se juegan algo importante. No estaban allí
para sudar la paella del día anterior, ni para tener una excusa para
ver a sus amigos. Tenían una misión que les ilusionaba y les pesaba. El
equipo había nacido la primavera anterior, en un bar irlandés del
centro de Madrid, en el seno de una reunión de amigos. La misión había
sido definida en ese mismo sitio, ese mismo día, aunque se preparaba
desde hacía meses.
El
equipo vestía camiseta de rayas rojas y blancas, pantalón azul y medias
rojas con la vuelta blanca. Unos meses antes, a finales del mes de Mayo
de 2010, el Club Atlético de Madrid anunciaba oficialmente su
desaparición. Las deudas que arrastraba desde hacía unos años impedían
su viabilidad económica, a pesar de la venta del estadio, su único
patrimonio. Los auditores habían revelado que el estadio había sido
vendido mucho antes a un entramado de empresas fantasma con sede en
diferentes paraísos fiscales. Cuando se vendió definitivamente al
Ayuntamiento de Madrid, el club ya no era el propietario y no tenían
nada que ofrecer a sus acreedores. Los nuevos dueños, empresarios del
sector inmobiliario, habían acelerado la demolición del campo, que voló
por los aires un día de agosto de ese mismo año para evitar disturbios,
aprovechando la ciudad desierta.
El
día que el Calderón se convirtió en un solar, según el periódico local,
unos tres mil quinientos seguidores vestidos con los colores del club
habían asistido, impotentes y rabiosos, al sacrilegio. Un mes y medio
antes, algunos de los que asistían a la voladura habían creado otro
club de fútbol, al que llamaron Atlético de Madrid 1903, Club de
Socios. Surgió como un delirio tras varias pintas de cerveza negra,
pero iba tomando forma. Se inscribiría en una liga local para ir
subiendo posiciones en las divisiones federativas. Si todo iba bien
subirían una categoría por año, y en siete o a lo sumo diez podrían
estar pensando en un ascenso a segunda división. Ya había algún
precedente, no tendría por qué no funcionar. No tenían dinero, ni
jugadores ni fondo físico, pero tenían fe, y ganas, y rabia.
Dos
cosas se prometieron: la primera, jugar con botas negras, sin marcas,
en señal de duelo; la segunda, en caso de ganar el campeonato no lo
celebrarían porque, se dijeron, el Atleti no celebra ascensos. El día
20 de Septiembre de 2010, domingo, el Atlético de Madrid 1903, Club de
Socios, debutaba en la liga municipal del distrito de Retiro.
Debutaba
a las 13.00 contra otro equipo del que nada sabían, salvo que ya había
jugado algún año en esa misma competición. Los jugadores, también
treintañeros, canosos, fuera de forma y nerviosos, sabían lo que se
jugaban. Cuando terminó el partido anterior prematuramente por una
lesión del portero, los nervios se transformaron en pánico. Cuando los
jugadores del Atlético de Madrid 1903, Club de Socios, saltaron al
campo a calentar, repararon en que alguien les miraba. Dejaron de
estirar y se juntaron cerca del centro del campo para ver cómo, por los
accesos al polideportivo de la Chopera, se acercaban cientos, miles de
personas vestidas de rojo y blanco. Señores, niños, bebés, pandillas de
adolescentes, familias con sus niños, grupos de jubilados, señoras
solas se acercaban al campo.
No
sabían cómo se habían enterado, pero allí estaban. Había profesores de
instituto, catedráticos de sociología, informáticos, parados, taxistas
y diplomáticos. Llegaron periodistas, fontaneros, ricos ociosos, pobres
de solemnidad. Vino gente de Tarragona, de Asturias, de Canarias y de
Cádiz; vinieron alemanes, búlgaros, ecuatorianos y escoceses, quienes
llamaban por sus dispositivos móviles audiovisuales a otros de
Portugal, Extremadura y Galicia. Vinieron muchos de Valencia, y muchos
y muy ruidosos argentinos. Venían de Chamberí, de Carabanchel, de
Villaverde, de Arganzuela, y de Retiro, de Getafe, de Alcorcón, de
Patones y Segovia. Altos, bajos, melenudos, calvos, fuertes, flojos,
ultras, tranquilos, rockandrolleros, hooligans, aficionados a Bukowski,
a Tolkien, a Cervantes y a Carlos Fuentes.
Socios
del Estudiantes, micólogos, novilleros, famosos, músicos, triatletas y
celíacos. Llevaban camisetas del Doblete, del Centenario, camisetas
Puma, Meyba, Nike y Toft’s. Camisetas rojiblancas, rojas, azules,
blanquiazules y amarillas. Según el periódico local, tres mil
setecientas personas llenaron las bandas del campo de la Chopera para
ver un partido de aficionados fondones. Como suele pasar en estos
casos, en realidad fueron más. Los jugadores del Atlético de Madrid
1903, Club de Socios estaban paralizados cuando el árbitro pitó el
inicio del partido. No daban una a derechas, no podían con la
responsabilidad. No eran profesionales, no querían fallar a esa
multitud vociferante y no sabían si serían capaces.
Cuando
el extremo derecha se tropezó torpemente y fue a aterrizar contra una
señora con bufanda que llevaba dos niños de la mano y que minutos antes
había colocado un ramo de rosas rojiblancas junto al corner, ésta le
miró con una calma contagiosa y le dijo: “Tranquilo. Y gracias”. Y
sonrió. Sonrió también el extremo derecha y volvió al campo con una
confianza extrañamente renovada. Se soltó, jugó mejor, llegó a
controlar un balón y forzó un corner. La defensa subió, la delantera
tomó posiciones. El extremo derecha golpeó con rosca y el balón
describió la trayectoria soñada por cualquier cabeceador. Entre la
maraña de cabezas y camisetas surgió potente la figura del portero
rival, quien se hizo con el balón con facilidad. Al aterrizar, entre un
murmullo de decepción de la hinchada, pronunció estas palabras: - A ver
si nos tranquilizamos y hacemos bien las cosas. Así no le metéis un gol
ni al arco-iris y tenemos que subir de categoría por cojones. Sois,
somos el Atleti. No lo olvidéis. Así que tranquilos y a divertirse. A
tres minutos del final, el Atlético de Madrid 1903, Club de Socios,
ganaba cómodamente por tres a cero. Las palabras del portero del equipo
rival habían tranquilizado a los jugadores. Por alguna extraña
conjunción astral todos entendieron en el mismo momento que era mejor
esperar al contrario, recuperar el balón y buscar a los extremos. Así
habían conseguido tres goles y una fe ilimitada en ellos mismos. Sin
saber por qué, el Atlético de Madrid 1903, Club de Socios, jugaba al
contraataque.
Así
llegaron los goles, el creciente aliento de los espectadores, el gusto
por jugar, el orgullo por llevar la camiseta. Y entonces, a tres
minutos del final, volvieron a paralizarse. No fue un gol rival, ni una
expulsión, ni una entrada escalofriante. Fue un sonido grave, profundo
y lejano que se fue haciendo más cercano, más presente y más intenso.
Al principio creían que era el ruido que hacía un enorme camión que
hacía temblar la tierra, o una de las tuneladoras que empleadas en las
recurrentes obras iniciadas por el alcalde. No era eso. Se paralizaron
cuando comprendieron que, a tres minutos del final, tres mil
setecientas personas según el periódico local, seguramente más,
cantaban a voz en grito el himno del Metropolitano. También se quedaron
de piedra los jugadores rivales, el árbitro y los que jugaban en los
campos vecinos. Se petrificaron los que paseaban por el lago, los que
bebían horchata en las terrazas y los que empujaban a sus hijos en los
columpios. Se quedaron de piedra también los agentes de movilidad, los
libreros de la Cuesta de Moyano y los visitantes del museo del Prado.
El único que reaccionó desde su cercana fuente, según cuentan algunos,
fue Neptuno.
En
medio del himno, cuentan, levantó el tridente y lanzó un bramido tal
que hizo pararse el reloj de Correos y aterrorizó a los leones de la
carroza de la Cibeles, quienes sólo alcanzaron a lanzar dos timidísimos
maullidos mininos: el primero fue de miedo; el segundo, de envidia.
Terminado el partido y consumada la victoria, la gente se fue,
sonriente y silenciosa, camino de la puerta de la calle Ibiza. Mientras
cruzaban el Retiro pensaban en la paradoja que habían vivido: en un
equipo nuevo que nacía ya con tradiciones. En el nacimiento de una
nueva época que era, no obstante, la recuperación de los viejos
tiempos. En lo que iban a disfrutar durante los años siguientes viendo
a equipos pequeños en campos malos. Entretenidos iban en estos
pensamientos los que habían asistido al prodigio cuando,
espontáneamente y sin decir nada, muchos empezaron a colocarse en una
larga cola. La cola se formaba delante de dos grandes autobuses de
donación de sangre.